Hoy, nos detendremos a hacer un pequeño recordatorio de lo que fue Barcelona para Picasso. El pintor malagueño llegó a la capital catalana tan sólo con 14 años, lo cual no fue ningún impedimento pues la ciudad le dio la escuela de dibujo, la Llotja, además de otra perspectiva de la luz y el Mediterráneo que tanto conocía.
Él, por su parte, entregó a Barcelona una gran parte de la importante obra, lo que hoy día podemos ver y admirar en el importantísimo Museo Picasso de Barcelona.
Hemos hecho referencia a la casa de la Llotja, lugar que aprovecharemos para presentar. Se trata de una edificiación del siglo XIV y ampliada en el XV como almacén de las mercancías que tanto llegaban a la ciudad. También fue sala de contratación de operaciones comerciales, mientras que actualmente, lo que ha sido históricamente el centro del comercio catalán y sede de la Cámara Oficial del Comercio de Barcelona o la misma Bolsa, se ha convertido en la sede institucional e histórica de la Cámara de Comercio.
La Llotja que hoy se contempla fue armada en el siglo XVIII sobre el antiguo recinto medieval. Tiene un estilo neoclásico y preserva en su interior gran parte del conjunto gótico de la primitiva lonja. Y, ¿por qué explicamos todo esto?, pues por que aquí fue donde el padre de Picasso dio clases y donde él mismo recibió su formación en Barcelona.
No muy lejos, más concretamente en la bella calle Montcada del barrio de la Ribera, se levantan desde la Edad Media los cinco palacios que gustosamente hoy acogen el Museo Picasso, inaugurado en el año 1963 gracias al impulso del malagueño mismo y su secretario y amigo Jaume Sabartés. En este museo, tal como lo hemos explicado mejor en otro post, se puede ver una colección del Picasso más joven así como algunas de las pinturas de la época azul y la famosísima serie de “Las meninas”, así como una impresionante y valiosa colección de cerámica que la última esposa del pintor, Jaqueline Picasso donó al museo.
Fuera del museo, en la plaza Nova, podremos encontrar la única pieza del artista que hay en un espacio público en Barcelona. Se trata de tres frisos que el escultor y fotógrafo de origen noruego Carl Nesjar realizó en la fachada del Colegio de arquitectos basándose en dibujos del pintor.