
Barcelona es, en el fondo, sobre todo la provincia, tierra de monasterios, de iglesias que provienen de diferentes épocas pero que tienen su origen, en su mayoría, de la época románica. Así, hoy hablaremos del Monasterio de Sant Llorenç del Munt, monasterio emblemático donde los haya.
Se dice que con la invasión sarracena del año 714, muchos de los habitantes de Egara (hoy Terrassa), se refugiaron en las cuevas de la cumbre de la montaña de Sant Llorenç. Ahí se trasladaron monjes procedentes de Sant Cugat en busca de protección, donde iniciaron una vida en comunidad que se mantenía y, además, se consolidaría durante la dominación árabe.
Reconquistada Barcelona en el año 801, lo que ya era conocido como el Monasterio se afianzaría todavía más. Ya en el siglo X se ve que existía una construcción de tipo basilical que acogía a la comunidad de monjes que provenían de dos siglos atrás. En el año 1064 el abad Odegario consagraría en el lugar la nueva iglesia construida, edificio que se distinguió entre las otras construcciones auxiliares anexas con posterioridad.
Así pues, el Monasterio de Sant Llorenç de Munt se trata de una iglesia basilical de tres naves que muestra al exterior los volúmenes nítidos de los tres ábsides decorados con arquillos y bandas de tipo lombardas, todo ello junto a una ventana central en cada uno de ellos. Las tres naves se articulan también con muros totalmente lisos, siendo la más elevada la nave que queda en el centro, característica a la que hay que añadir la existencia de un crucero coronado por cimborrio de tipo octogonal.
El crucero no está situado directamente en el tramo anterior a la cabecera como suele ocurrir normalmente. Esta vez se ha desplazado ligeramente hacia los pies, por lo que la planta parece aludir a un esquema como de cruz griega, en el fondo, un bello ejemplo de tradición oriental.
En la fachada occidental podremos encontrar la espadaña, un añadido posterior y donde bajo ella se desarrolla una ventana adintelada que corona la lisa portada con dovelas bien cortadas. En el interior, la construcción se apoya sorprendentemente en la roca de la cima de la montaña. Las naves se cubren con bóvedas de cañón que apean en pilares de sección cuadrada y en los muros laterales. La cúpula del crucero pasa paulatinamente de tipo octogonal a esférica por estar situada sobre trompas.