
La catedral de Barcelona es de esos edificios que están muy presentes pero a la vez se esconden. Actualmente en plena reforma, guarda un resplandor que quizás no percibamos por el hecho de que el lugar en el que está situado es como un lugar de paso.
No obstante, la catedral de Barcelona es imponente, magnífica y bella. Está claramente dominada por el gótico y nos deparará varias agradables sorpresas.
Una de ellas es la capilla de Santa Lucía, terminada ya en 1268 y con elementos del románico tardío. Otra de las sorpresas que comentábamos es la fachada principal. La mayor parte se construyó entre 1298 y 1430 sobre los restos de una iglesia románica anterior, de más o menos hacia el 1060 (que a su vez había sido levantada sobre otra visigótica).
No obstante, y parece que viene siendo “normal” en las catedrales barcelonesas, el edificio se terminó nada más y nada menos que en el siglo XX, cuando los arquitectos Oriol Mestres y August Font construyeron el frente y la aguja central, respetando los planos originales del arquitecto francés Charles Galtés de 1408.
El interior de la catedral es grandioso. Tiene tres naves inmensas de casi el mismo tamaño y una bóveda apuntada con numerosas capillas adosadas, entre las que destaca, marcadamente gótica, la Sala Capitular, convertida en el siglo XVII en la Capilla del Santísimo y que hoy acoge al Santo Cristo de Lepanto, aquel que presidía la capitanía de Juan de Austria en la famosa batalla contra los otomanos, aquella en la que Cervantes perdió un brazo.
Por otra parte también se pueden destacar el coro (del siglo XIV al XVI); el hermoso claustro con sus estanques y ocas blancas, las cuales representan la pureza de la patrona de la Catedral, Santa Eulalia; el relieve del siglo XV en el tímpano del pórtico del carrer de la Pietat; la Sala Capitular, que alberga el museo catedralicio, la cripta de Santa Eulalia y su sarcófago; y, por último, la capilla de San Benet, el cual guarda el retablo de La Transfiguración, obra cumbre de Bernat Martorell.
En fin, la catedral tiene con que competir ni más ni menos que con la Catedral de Santa María del Mar y con la Sagrada Familia. Sólo es cuestión de visitar cada una de ellas, y paladear el sabor de la monumentalidad en la ciudad de Barcelona.
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